jueves, 13 de marzo de 2014

Notas sobre una crisis inducida


Terrorismo contra el pueblo venezolano

Lo primero que es necesario establecer es que la situación de violencia actual en Venezuela no se trata de una protesta espontánea producto de una situación insostenible. Pese a que algunas protestas pacíficas (marchas y cacerolazos) han tenido como consigna una crítica a la inseguridad y el desabastecimiento, la violencia en la que nos hemos visto envueltos está lejos de ser resultado de una pacífica manifestación popular.

Uno de los elementos que muestran este hecho es el discurso de los líderes más abiertamente radicales de la oposición en los días previos a los sucesos de febrero. Desde el mes de enero, con la inesperada derrota de la MUD, que solo mantuvo 23% de las alcaldías del país, Leopoldo López establece una agenda de calle para combatir al gobierno nacional donde afirma “Queremos lanzar un llamado a los venezolanos […] a que nos alcemos”, convocando directamente a la movilización de calle con el objetivo de lograr “la salida” de Nicolás Maduro, es decir, una vía no contemplada en la constitución nacional. De igual manera, el 23 de enero María Corina Machado, López y otros miembros de la oposición terminan haciendo un llamado a la protesta callejera a partir del 2 de febrero, protestas que tendrán como protagonista al partido Voluntad Popular.

Una derrota electoral cuando la oposición se sentía tan segura como para llamar a que la elección consistiera en una forma de plebiscito, que no se contempla en la constitución, pero que tenía carácter simbólico, sumado a las medidas económicas tomadas por el gobierno nacional, especialmente el combate al tráfico de alimentos en el estado Táchira, terminó desencadenando un plan para a través de la violencia callejera buscar una salida del presidente Maduro. Entre los hechos que evidencian esta intención está la discusión a lo interno de la MUD que fue reflejada por la prensa, donde distintos sectores expusieron sus ideas frente a los planes de Voluntad Popular, sucediendo que el propio Capriles expresó en distintas ocasiones que no era momento para la realización de actividades de ese tipo.

El segundo elemento que evidencia que no se trata de protestas pacíficas, ni son una expresión de descontento con respecto a aspectos de la gestión presidencial, es la consigna movilizadora de las mismas, haciendo a un lado el caso de manifestaciones pacíficas que sí tienen esa connotación, las protestas que se realizan actualmente están en el contexto de lo que se impulsó como “La Salida”, una presión callejera que busca la renuncia del presidente de la República. El eje de las guarimbas, trancas y acciones vandálicas no son la escasez, inseguridad u otro factor de gestión, sino los ecos que se escuchan de los llamados de Machado y López a impulsar la salida del gobierno nacional.
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            Hay que analizar quiénes protagonizan las actividades de protesta. En primer lugar hay que reconocer que en el inicio de las actividades en Caracas la mayoría de los que marcharon son opositores de los sectores medios del país, que se mueven motivados por el descontento y en otros casos por el deseo de un cambio de gobierno, pero que no asocian ese cambio directamente a una salida violenta. Pero con el pasar de los días y los sucesos que se han presentado, la mayoría de estos manifestantes han abandonado las actividades de calle, dejando en ellas a los grupos abiertamente violentos.

Si bien los grupos violentos de la oposición se movilizaron con anterioridad a las actividades de Caracas, en estados como Táchira y Mérida, especialmente en el primero, los focos de violencia cobraron un carácter nacional a partir del 12 de febrero. Estos grupos tienen una composición mixta, desde auténticos manifestantes que consideran la violencia como la única salida al gobierno nacional, hasta grupos paramilitares, pasando por agentes extranjeros que han sido traídos al país y jóvenes asalariados contratados para realizar actividades violentas.

La composición social de casi la totalidad de estos grupos son jóvenes pertenecientes a lo que se conoce como “clase media”, hijos de trabajadores profesionales medios, en algunos casos estudiantes, pero en buena parte ajenos a la actividad académica. Algunos de los que protestan son hijos de la pequeña burguesía que se han formado en ideologías ultraconservadoras y dirigen los focos de disturbio, a la vez que forman a otros. Al mismo tiempo, se ha visto en algunas zonas la participación de jóvenes (menores de edad en muchos casos) de los sectores populares, que participan de acciones vandálicas sin saber exactamente de qué se trata. Finalmente, ha sido denunciada la presencia y control de grupos delincuenciales en algunas guarimbas, especialmente en el estado Táchira.
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            Es necesario caracterizar la violencia que se ha vivido en las últimas semanas. El comienzo de la misma ya ha sido establecido, evocando el llamado irresponsable a la movilización de calle para alcanzar objetivos no constitucionales, que camuflados en discursos sobre la desobediencia civil y las protestas pacíficas encubre un llamado a actividades violentas, aunque no justifica explícitamente los actos vandálicos.

En Táchira se inició con los ataques a la residencia del gobernador Vielma Mora, así como las trancas de las vías públicas. Pero el 12 de febrero luego de una marcha pacífica que logra su objetivo principal (hacer entrega de un documento en el Ministerio Público), grupos de manifestantes arengados por López y líderes estudiantiles inician un asedio a la sede de la institución, así como la destrucción de vehículos y espacios públicos en la zona. Luego, avanzan más allá de lo permitido por el cordón policial, sucediendo un enfrentamiento con efectivos de seguridad del Estado, así como con grupos revolucionarios que se encontraban cerca de la zona. La pregunta que urge hacer es la siguiente: Si los objetivos de la marcha se habían logrado pacíficamente ¿Por qué no llamar al fin de la manifestación? ¿Por qué utilizar un discurso violento contra la fiscal general? ¿Por qué motivar un avance más allá de lo permitido?

Lo narrado es el detonante de la escalada de violencia que se vive actualmente, en la zona donde se produce el primer foco, el 12 de febrero, son asesinados dos hombres, un marchista y un militante revolucionario de los sectores populares. Las investigaciones posteriormente indican que los fallecidos fueron asesinados por la misma arma. Se realiza la detención de un grupo de agentes del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional) que violaron la orden de no estar en la zona e hicieron uso indebido de su armamento. 
           
            El mismo 12 de febrero un grupo de manifestantes de la oposición se traslada a Chacao, donde realizan actos vandálicos contra instituciones públicas que se encuentran en la zona, especialmente la sede de la Magistratura, las instalaciones del Metro de Caracas y el Ministerio de Obras Públicas. Una vez que inician estas actividades violentas proceden a trancar la avenida Francisco de Miranda a través de la colocación de basura y objetos inflamables. Más tarde, esa noche, es asesinado otro manifestante opositor.

A partir de estos sucesos se genera una ola de violencia en las principales ciudades del país, especialmente en aquellas donde las alcaldías están en manos de la MUD, es importante hacer notar que en Caracas se logró mantener controlados los focos de guarimba hasta su desaparición. La violencia se caracterizó de ahí en adelante por la tranca de calles principales y la destrucción de cualquier propiedad pública que pudiera ser identificada con el gobierno nacional, a la vez que se procedió al ataque selectivo a la propiedad de chavistas conocidos en la zona. Pero estos focos de violencia se encuentran completamente restringidos a urbanizaciones acomodadas de las ciudades, donde habita la clase media y media alta. Una de las acciones cargadas de mayor sadismo fue la colocación de alambres en la vía, intencionalmente ubicados a la altura para degollar motorizados.

En el marco de estas protestas se ha dado un proceso de criminalización de las organizaciones de base que habitan en las comunidades populares y que son conocidos como colectivos, situación que se ha incrementado considerablemente sin que se presente ninguna prueba contundente al respecto, más allá de videos cortos donde la narración orienta lo que se aprecia. Al contrario, los efectivos de seguridad del Estado en las primeras semanas de violencia detuvieron a más de cien motos de alta cilindrada perteneciente a manifestantes opositores, las cuales eran usadas en los focos de violencia.

La cumbre de esta situación de violencia ha sido el autosecuestro al que se han visto expuestos los vecinos de las zonas, donde algunos pequeños grupos de vecinos y personas foráneas se han dedicado a limitar todo acceso, convirtiendo las urbanizaciones en centros de miseria, destrucción del ornamento, basura quemada, objetos colocados en la vía, piedras y hasta enceres personales. Situación límite que ha producido el descontento generalizado de muchos opositores que habitan esos espacios, lo cual demuestra que las protestas no buscan generar consenso en torno a una causa, sino insatisfacción y alteración psicológica de los ciudadanos.

Un mes de violencia intencional ha dejado 25 personas fallecidas. Todo asesinato es profundamente lamentable, debe ser condenado y la difusión comunicacional del mismo debe ser igual. Pero no pueden ser indiferenciados, porque no es lo mismo una muerte que se produce por exceso de un cuerpo de seguridad estatal que una producto de la perversa colocación de guayas en la vía para que los motorizados se degollen, o el accidente que produce aceite esparcido en una vía con la intención de afectar los vehículos que pasan,  o el choque de un vehículo contra objetos que fueron colocados en la vía para impedir el paso,  tampoco el asesinato de una persona por bandas armadas no identificadas. De igual manera, es lamentable la muerte de policías, guardias nacionales o ciudadanos producto de disparos efectuados por tiradores ubicados en edificios y en las guarimbas. 

De todos los asesinatos 4 se deben a acciones condenables de la policía y la guardia nacional. 14 se deben directamente a las guarimbas y a francotiradores apostados en las zonas de "protestas".  De esos 14,  3 son guardias nacionales y una funcionaria del Sebin que han sido tiroteados cumpliendo su trabajo. El resto son ciudadanos que han muerto al intentar pasar por barricadas, al colisionar con guayas colocadas en la vía, y producto de disparos efectuados con la intención directa de asesinar, casi la totalidad son militantes revolucionarios. Los casos de las otras víctimas están siendo investigados. Es necesario que se investigue cada uno de los casos y que haga justicia. Producto de estos sucesos hay funcionarios del Sebin, la guardia y la policía detenidos, gran diferencia con respecto a países como Colombia, Chile y México, donde los cuerpos de seguridad actúan con total impunidad, mientras que miles de familias llevan años alzando la voz por justicia.  Lo que visibiliza todo este sangriento panorama es que para los objetivos que buscan la violencia no importa quien caiga, sino aumentar paulatinamente el número de muertos para lograr una cifra que sea alarmante a nivel internacional, justificando de este modo, las intervenciones. Por ello los medios difunden números sin diferenciar casos.

La violencia opositora ha recibido la denominación de fascista, pero es necesario que el uso de este adjetivo implique pensar el concepto tras de él, a fin de ver qué elementos del mismo están presentes en las acciones actuales. Una de las dificultades del empleo de este término tiene que ver con su asociación al poder del Estado, a sus dimensiones como un movimiento nacional que se fortalece desde el gobierno, teniendo una concepción sobre el liderazgo, el pueblo, la organización, la ciencia y la tradición. Una visión del fascismo de este tipo lo deja reducido a un movimiento existente de forma exclusiva en un momento histórico determinado. Pero lo cierto es que hay un núcleo esencial del fascismo que tiene que ver con su espíritu y sus aspiraciones,  ese espíritu permanece en muchos movimientos políticos a nivel mundial,  algunos lo asumen abiertamente, otros lo encubren,  no tienen el poder pero aspiran a él. Es un fascismo sin poder estatal.

El fascismo estimula y emplea el odio para generar violencia, es racista, clasista y xenófobo, crea un enemigo artificial para articular las fuerzas nacionales. Pero sobre todo es determinante el uso de los sectores medios por parte de la burguesía, como un ejército de batalla en la conquista del poder.  El fascismo es fundamentalmente reaccionario y conservador, surge en momentos de crisis como el antagonismo ante el avance de las fuerzas revolucionarias y progresistas. El fascismo es una expresión abiertamente violenta de la lucha de clases.  La discusión sobre el fascismo no debe desdibujar este hecho, se trata de una lucha de clases, representa la aspiración de la burguesía por retomar el poder.

En el último mes la violencia opositora se ha expresado en términos profundamente clasistas, cuando sus protagonistas son los sectores medios profesionales, que demonizan y atacan a los sectores populares, cuando intencionalmente atacan a los motorizados. Es racista en el ataque selectivo a ciertos vecinos y el acoso a los trabajadores de limpieza, tal es el caso de los conserjes de los edificios. Se comporta de forma abiertamente xenófoba  cuando dirige todo su odio a ciudadanos cubanos que cumplen labores humanitarias en el país. Estos elementos alimentan el odio con el que se comportan, exaltan la violencia y la encubren con pobres justificaciones. Pero además, los aparatos ideológicos de la burguesía estimulan la creación de un enemigo artificial, que no es directamente la clase trabajadora ni puede ser ella misma, es la construcción simbólica de su imagen del chavismo, es Cuba y los cubanos. La violencia opositora es esencialmente fascista.

Pero si la palabra fascista se presta a ambigüedades, sin duda esta violencia pese a la simplificación y uso maniqueo del término, es terrorista. Es terrorista en la medida en que usa la violencia de forma sistemática para coaccionar al Estado, pero además atenta de manera directa contra la estabilidad psicológica de la sociedad. Esta descripción nos permite comprender la forma de la violencia, mas no la esencia de la misma. Podemos también llamarla neofascista,  pero lo importante es que nos deja una clara advertencia de lo que pasaría si estos sectores conquistarán el poder.

Finalmente, es necesario hacer un breve comentario sobre las conferencias de paz. A primera vista dan cuenta de ser una  medida acertada, sentar a distintos sectores de la vida nacional y de las regiones en función de combatir los hechos de violencia, así como avanzar en distintos aspectos desde el trabajo conjunto. Hay que decir que no es nada distinto a lo que el Comandante Chávez hubiera hecho, y esto no es producto de un ejercicio de análisis abstracto, sino porque ya Chávez lo hizo en varias ocasiones. Pero no hay que dejar de decir que la paz se conquista con justicia y esta con la transformación de las relaciones sociales que reproducen la explotación. Las conferencias deben servir como reconocimiento de los sectores sociales sobre quien dirige la política nacional y todos sus ámbitos.

La conferencia de paz para el tema económico debe caminar en este sentido, no para que se hagan pactos con los empresarios, sino para que estos entiendan quién dirige y establece los lineamientos económicos del país.  Además, es fundamental que a esta conferencia de paz sean invitados los partidos y movimientos revolucionarios que tienen distintas visiones sobre el tema económico, con especial atención en los trabajadores, que son el sustento real de la economía.

A su vez,  resulta preocupante que sectores del movimiento revolucionario, que en algunos casos parecen adjudicarse la vocería de su totalidad, busquen pescar en río revuelto. Sobre la base de una perspectiva crítica válida pero no necesariamente verdadera respecto a la gestión del presidente Maduro hacen llamados que pueden resultar en peligrosas divisiones internas. Hay que cuidarse de no hacer del legado de Chávez un traje a la medida de las aspiraciones personales sobre la Revolución. En este sentido, es necesario hacer una reflexión respecto a la idea de autonomía, su papel y su dimensión, porque se debe evitar que signifique una ruptura respecto al gobierno nacional, así como al Estado como espacio político. Siendo que la amenaza fascista pesa sobre toda la militancia revolucionaria pero aspira esencialmente a la toma del Estado y del gobierno, es urgente afinar la unidad en torno al mantenimiento de ese poder, así como a su transformación.

Ante la amenaza del fascismo, unidad de las fuerzas revolucionarias y organización de los trabajadores en la defensa de la Revolución Bolivariana. Es necesario luchar por la creación de espacios a lo interno del proceso político donde se puedan presentar las visiones críticas, pero en función de consolidar la unidad. Es vital que se abra la participación de todos los movimientos revolucionarios en las conferencias de paz. Que la derecha sepa: ¡Aquí hay un pueblo chavista que dará la batalla!


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viernes, 7 de marzo de 2014

Antivalores en el discurso de la izquierda

Por: 

Licenciado en Filosofía por la UCV. Comprometido con los procesos emancipatorios del continente latinoamericano. Haciendo un esfuerzo por colaborar desde la acción y el pensamiento para liberarnos intelectual y materialmente desde la periferia y la exterioridad.

Resulta frecuente encontrar en nuestras expresiones cotidianas, verbos de dominación y sentidos que expresan los antivalores más conservadores. Sea por un aparente descuido o por una explícita intención, hablamos sobre el otro usando un lenguaje que refiere al machismo, al clasismo, a la homofobia entre otros elementos.
En ocasión de una de estas situaciones una compañera recordaba que el lenguaje no es inocente. El lenguaje está cargado de cultura, contiene los elementos profundos de nuestro pensar, el imaginario con el que nos movemos en nuestra sociedad, cada una de las palabras empleadas supone significados que se adecuan socialmente a una intención, tanto del que la emite como de los receptores de la misma.     
   
Nos encontramos ante la situación de que creyendo expresar una idea liberadora, usamos palabras cargadas de sentidos que refieren a la violencia hacia un sector de la sociedad, pero no sólo al sector en general sino a sujetos particulares, los cuales son agredidos por las palabras en cuestión. Suelen ser verbos que representan una cosificación del otro, tales como “poseer”, “tener”, “conquistar”, así como el empleo de adverbios posesivos tales como tuyo, mío, nuestro.

Pero no sólo se trata del uso de ciertas palabras sino de también de sentencias completas, que siendo altamente ofensivas, se usan para agredir directamente a sectores sociales opuestos a nuestras ideas políticas. Su uso demuestra la existencia de esos antivalores.

La presencia de estos elementos, no sólo se expresa el carácter social y situado temporalmente del lenguaje, sino que muestra aquello que se halla en el preconsciente,  palabras que surgen a la hora de emitir algún mensaje. Se ponen al descubierto aquellos contenidos ocultos que constituyen nuestra forma de pensar así como nuestra actitud real. Parafraseando la sentencia popular, “nos traiciona el verbo”.

Esta situación, que debemos primero descubrir en nosotros mismos y luego en nuestro entorno más inmediato, se aprecia con frecuencia en el discurso que alguno de los opinadores de nuestra izquierda emite respecto a actores sociales de la oposición. Lo vimos durante casi toda la campaña presidencial, cuando se intentó vincular negativamente la figura del candidato opositor con una tendencia sexual, haciendo uso de la homofobia más recalcitrante, con preocupación se vuelve a observar actualmente en la forma verbal con que se ataca a la ex jueza Afiuni haciendo uso del lenguaje misógino más agresivo.

Situaciones como ésta deben ser develadas y denunciadas con contundencia. Porque no podemos permitir que nuestro discurso, que nuestro lenguaje, tenga por forma y contenido los antivalores conservadores que queremos transformar. Esta labor no le corresponde nada más a los sectores aludidos, todo aquel que se asume revolucionario tiene que primero revisarse y reaccionar frente a la violencia verbal de la explotación.

El reto fundamental consiste en producir en nosotros una revolución del verbo, una emancipación del lenguaje, tanto con el que pensamos silenciosamente, como con el que interactuamos con los otros y denunciamos las canalladas de aquellos que pretenden sostener la explotación. Para ello debemos penetrar en nuestro inconsciente, reconocer los antivalores y transformarnos desde la práctica.  

En la medida en que creamos un lenguaje artificial, exclusivamente para ser usado en ciertos espacios, surgirán a lo interno de él aquellas palabras o expresiones que expongan los contenidos reales de lo que pensamos. No se trata de una transformación exclusivamente mental, es la práctica coherente de identificación y corrección de los errores la que nos permitirá cambios permanentes.